A medida que se aproxima un nuevo 1° de Mayo, Día Internacional del Trabajador, se vuelve urgente que el pueblo esté verdaderamente informado sobre las políticas laborales que se están discutiendo en nuestro país. No se trata solo de lo que propone el gobierno, sino también del rol que juega la oposición y, por supuesto, del respaldo —explícito o implícito— del empresariado.
Hace un par de días, participé en un debate universitario con una profesora que defendía las supuestas bondades de la "flexibilidad laboral", una medida que se busca implementar en Chile desde hace varios meses. Como hijo de obrero, como trabajador, como estudiante y como ciudadano, sentí la responsabilidad de expresar mi desacuerdo y advertir a mis compañeros de las implicancias reales de esta propuesta.
La llamada “flexibilidad laboral” no es neutral. Uno de sus puntos más polémicos es la posibilidad de que el empleador distribuya arbitrariamente la jornada laboral, fragmentándola según su conveniencia. Esto afectaría directamente las remuneraciones, sobre todo de los trabajadores no especializados, quienes verían mermados sus ingresos y precarizadas aún más sus condiciones laborales. Presentar esta medida como una mejora es una falacia que solo favorece a quienes ostentan el poder económico.
Durante ese mismo debate, descubrí que la profesora que promovía esta visión también era propietaria de un exclusivo bar en el sector alto de Santiago. Este dato no es menor: nos recuerda que, muchas veces, quienes defienden estos cambios lo hacen desde una posición de privilegio que está lejos de representar la realidad de la mayoría. El estudiante secundario, el joven trabajador, la madre jefa de hogar, difícilmente tendrán opción frente a una normativa que favorece al empleador y debilita al trabajador.
Este 1° de Mayo, no será extraño ver cómo los grandes medios de comunicación encubren las demandas populares y reducen las manifestaciones a simples actos de violencia o desorden. Pero la realidad es muy distinta: para una parte importante del pueblo, esta fecha sigue siendo una jornada de encuentro, de memoria, de lucha pacífica y de celebración de la dignidad del trabajo. Familias enteras —abuelos, padres e hijos— recorrerán la Alameda, reivindicando el sueño de una sociedad más justa, como lo hiciera alguna vez Salvador Allende, quien creyó en un Chile donde el hombre fuera verdaderamente libre.
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