viernes, 30 de marzo de 2018
INFAMIA RADICAL: LA DUDOSA ACTUACIÓN DEL EX MINISTRO, CORRELIGIONARIO CAMPOS.
Ese ex ministro, se llama Jaime Campos, es militante del Partido Radical.
Si esta situación es lamentablemente verdadera y el correligionario, realizó, o para ser más preciso, NO HIZO NADA para promover nuestros ideales en el gobierno, nuestro gobierno, como nuestro ministro, entonces cabe preguntarse:
¿Qué hemos hecho como radicales, para enterrar a la tiranía y sus deleznables redes de corrupción?
¿Qué hemos hecho como radicales, para terminar con las injusticias actuales y pasadas en Chile?
¿Qué hemos hecho como radicales, para cerrar Punta Peuco?
Quedará en nuestra conciencia esa respuesta y significara un doloroso llamado para volver a la urgente lucha, disciplinada y consecuente, que nos requiere el país.
Hace poco tiempo, me tocó hablar sobre la indisciplina política. Este punto fundamental, en un partido que se caracteriza por no dar órdenes, en confiar en la calidad doctrinaria de sus militantes, está llevando a la relativización del radicalismo, en convertirlo en nada, en una bazofia electoral que acepta toda injusticia. Por ello es un cáncer dentro de cualquier colectividad y especialmente en el radicalismo, el antiguamente llamado "partido de los ideales". Sin ideales, no tendremos nada. No seremos nada.
¿Cómo puede funcionar un partido, si sus máximos exponentes públicos como son aquellos que gobiernan Chile en nombre del partido, no siguen el actuar propio de un radical, donde sus militantes actúan cada uno según su propia conveniencia, sin tener un marco ideológico?
Eso sencillamente no funciona, y no importa en lo absoluto cualquier clase de argumento improvisado que dé el ex ministro Campos. CUALQUIER RAZÓN PERSONAL, SE DERRUMBA FRENTE AL ACCIONAR COLECTIVO, frente a la lucha que ha llevado el Radicalismo en su historia, donde perpetuar los privilegios de una elite, es la antípoda a la construcción de un Estado con una política popular y en servicio de los más desposeídos. El accionar del ex Ministro Campos, en posesión del poder, es obra de quien lleva años sin militar activamente, sin participar de una asamblea, sin pisar la sede del Partido, o mucho menos estar en contacto con las bases Radicales, lo que al final te desconecta del sentir popular, te desclasa, y pasas de formar parte de una democracia a representar los intereses de una aristocracia, priorizar por sobre lo colectivo, los deseos personales.
De no reivindicarse públicamente, hoy Jaime Campos pasa a la Historia como el Traidor de la Presidenta, un desviado del radicalismo, y por ello deja de ser un Correligionario.
Porque no es posible para ningún radical, llamar "correligionario" a una persona que siendo Ministro de Justicia, le negó a todo un pueblo, a todo su partido, precisamente la Justicia. Acto cobarde digno de la derecha más reaccionaria, de los esbirros de la tiranía, no de un ciudadano demócrata, mucho menos de un auténtico militante radical.
Por ello, exijo como chileno y radical, explicaciones públicas a la brevedad, de usted señor Campos. No solo de este bochorno, sino de su actuar total como ministro y si dichos actos se condicen con nuestros magnos ideales. Es una obligación ética ineludible, que dé estas explicaciones públicas a la ciudadanía toda, a las bases radicales, y al Comité Ejecutivo Nacional del Partido Radical. De no ser así, o si las explicaciones fueran insuficientes, el partido deberá proceder a su inmediata expulsión, porque a diferencia de nuestro país, que ha tenido la desdicha de soportar esta clase de injusticias durante tanto tiempo, el radicalismo no las cobijara en su seno y las erradicará allí donde se encuentren.
A mis correligionarios de corazón, sepan que siento al igual que ustedes plena vergüenza de este hecho, pero eso no debe afligirnos. Al contrario, debemos ser una voz estruendosa que no se acalle jamás frente a la ignominia. Estamos llamados a restaurar la verdad, la justicia, y a hacerla sentirse más fuerte que nunca. De nosotros depende.
Se despide
Felipe Alvear Cordero
jueves, 17 de marzo de 2016
Ideologizar en las municipales
lunes, 8 de febrero de 2016
Estado, iglesia y educación
Año tras año, con desconcierto —y para muchos, con creciente molestia— vemos desfilar a las más altas autoridades del Estado chileno en diversas celebraciones religiosas: desde el tedeum hasta las misas de Navidad, pasando por actos ecuménicos y liturgias públicas. Estos eventos, organizados o financiados con recursos fiscales, no son simples gestos protocolares; son expresiones visibles de una relación que debería haberse disuelto hace casi un siglo: la del Estado con la Iglesia.
Se supone —y está consagrado en nuestra historia republicana— que Chile es un Estado laico. La Constitución de 1925, gracias al impulso del liberalismo laico liderado por los radicales, proclamó oficialmente la separación entre Iglesia y Estado. Sin embargo, cabe preguntarse seriamente: ¿se ha materializado realmente ese “divorcio”? La respuesta es, lamentablemente, negativa.
Uno de los espacios donde esta contradicción se vuelve más evidente es el sistema educativo. En teoría, el libre ejercicio de culto garantiza que nadie sea adoctrinado. En la práctica, muchos niños en escuelas públicas —sostenidas con fondos del Estado— reciben formación religiosa obligatoria, a menudo impartida desde una sola perspectiva doctrinaria, sin espacio para la reflexión crítica ni para el pluralismo espiritual.
Más aún, quienes deciden no participar de estas clases no encuentran una alternativa real. Lo viví personalmente en 2013, cuando opté por eximir a mi hija del ramo de religión. La solución del establecimiento fue relegarla a actividades sin valor formativo —como pintar libros infantiles en la biblioteca— o, en el peor de los casos, mantenerla en el aula con la orden explícita de “no escuchar” la clase. ¿Puede alguien pedirle a una niña de siete años que no escuche mientras canta la profesora? ¿Este es el estándar de respeto a la libertad de conciencia?
La situación resulta aún más preocupante cuando observamos que parte del cuerpo docente actúa no solo como transmisor de conocimientos, sino como agente de evangelización. Panfletos religiosos repartidos en horario escolar, rezos colectivos, y una visión moral homogénea impuesta a estudiantes de diversas creencias (o sin ninguna) son prácticas que persisten, especialmente en zonas donde la fiscalización es débil y el conservadurismo cultural es fuerte.
Este escenario nos plantea una pregunta de fondo: ¿qué clase de ciudadanía estamos formando si no respetamos la diversidad de pensamiento desde la infancia? Un Estado verdaderamente laico no adoctrina; educa en la libertad. No impone credos; garantiza la posibilidad de elegirlos o rechazarlos. No favorece una religión; promueve el respeto mutuo y la convivencia plural.
No se trata de atacar las creencias personales. Al contrario: defender el laicismo es precisamente proteger la libertad de cada persona a creer —o no creer— sin interferencias del Estado. La religión debe ser una elección íntima y familiar, no una imposición institucional. En esa lógica, las clases de religión deberían ser optativas, y quienes no deseen cursarlas deben tener la misma carga horaria dedicada a otras materias formativas, no a actividades marginales.
Al ver cómo las instituciones del Estado aún se arrodillan simbólicamente ante el altar, muchos nos sentimos en retroceso. Como si los logros de 1925 fueran letra muerta. Como si volviéramos a una época en la que disentir con el dogma era peligroso. A veces, incluso al escribir estas palabras, me pregunto si debo moderar el tono para no ofender sensibilidades religiosas o evitar la censura. Pero no. El miedo a decir lo evidente es parte del problema.
La única forma de superar ese miedo es con una educación distinta: una que enseñe a pensar, no a repetir; a dudar, no a obedecer ciegamente. Necesitamos un país libre, sin dogmas institucionales, en el que el Estado garantice una verdadera neutralidad religiosa. Solo así construiremos una democracia madura, inclusiva y coherente con sus propios principios.
martes, 5 de enero de 2016
Discurso aniversario 98 años JR
viernes, 14 de febrero de 2014
Dios y el amor: Constructos sociales
Cuando hablamos de Dios, es inevitable preguntarnos por su origen. Para muchos, especialmente desde una perspectiva atea o agnóstica, resulta sencillo afirmar su inexistencia. Una entidad omnipresente, omnipotente y omnisapiente no encuentra cabida en el método científico ni en el estudio crítico de la religión. Aunque la ciencia no tiene como objetivo refutar a Dios, ha logrado ofrecer explicaciones físicas, biológicas y matemáticas a fenómenos que antes eran atribuidos exclusivamente a lo divino. Sin embargo, lo que no podemos negar es la existencia de Dios como concepto: como una construcción simbólica y emocional profundamente arraigada en la historia humana.
El ser humano, enfrentado a su fragilidad, al dolor, a la muerte y a las injusticias del mundo, ha encontrado en la idea de Dios un consuelo, una promesa de redención, una esperanza de sentido. En este sentido, Dios funciona como un constructo social, producto de nuestra necesidad colectiva de protección y trascendencia. Existe en las creencias, en los rituales, en las normas morales y en la cultura, aunque no necesariamente en una dimensión metafísica.
Algo similar ocurre con el amor. En este caso, la ciencia ha tenido más éxito en explicar su origen: el amor es un fenómeno químico, biológico y psicológico. Lo que tradicionalmente hemos llamado “amor romántico” puede entenderse como un conjunto de reacciones hormonales, emociones codificadas socialmente y vínculos psíquicos forjados por la experiencia y la cultura. Sin embargo, no es aquí donde reside el principal problema, sino en cómo hemos occidentalizado el amor, imponiéndole los moldes de la monogamia, la heterosexualidad obligatoria y la exclusividad emocional.
Aunque hemos evolucionado desde nuestros impulsos animales hacia formas complejas de pensamiento y organización, seguimos atrapados en contradicciones. Nuestra razón nos permite cuestionar normas impuestas, pero también nos somete a ellas. Así se genera un conflicto permanente entre lo que deseamos y lo que la sociedad espera de nosotros, entre nuestro "ello" instintivo y el "superyó" cultural. En este choque, el amor ha sido elevado a un ideal casi inalcanzable, que promete completitud pero raramente se cumple. ¿Qué ocurre entonces cuando nuestro cuerpo no responde con intensidad ante otro ser humano? ¿Es menos amoroso? ¿Es menos válido?
Dios y el amor nacen como intentos por explicar lo desconocido. El primero, para dar sentido a los fenómenos naturales; el segundo, para dar forma a un tipo de conexión emocional que nos desborda. Ambos son imposibles de negar en su presencia social, pero completamente discutibles en sus formas tradicionales. Dios como divinidad sobrenatural, y el amor como exclusividad eterna entre un hombre y una mujer, son conceptos que pueden y deben ser revisados críticamente.
La idea de un amor único, eterno y exclusivo es profundamente egoísta y contraria a nuestra naturaleza humana, al menos en su generalización. Las tasas crecientes de infidelidad, separaciones y divorcios demuestran que ese modelo está en crisis. Esto no implica negar el valor de los vínculos profundos ni deslegitimar a quienes eligen la monogamia con plena conciencia. Por el contrario, un pensamiento progresista debe reconocer y valorar las diversas formas de amar, mientras rechaza aquellas imposiciones sociales que limitan la libertad emocional y afectiva.
Debemos asumir, entonces, que las relaciones humanas son imperfectas, variables, y construidas desde la cultura. No obedecen a un destino divino ni a una verdad absoluta. El “para siempre”, el “solo contigo”, y la “heterogeneralidad” como norma deben ser vistos como narrativas culturales más que como verdades universales.
Particularmente, el concepto de amor me parece más complejo que el de Dios. Dios puede entenderse como una antigua respuesta al vacío existencial, una figura reguladora que ya no necesitamos si tenemos conciencia crítica. En cambio, el amor, con todas sus capas culturales, psicológicas y emocionales, continúa siendo una fuente inagotable de preguntas, deseos y contradicciones.
Dios seguirá presente en nuestras sociedades, no como una entidad real, sino como un símbolo persistente. El primer paso para liberarnos de su control social y moral es aceptar que solo existe como concepto, como esperanza, como metáfora personal y colectiva. No es más que un reflejo de nuestras aspiraciones, nuestros miedos y nuestras carencias.
viernes, 30 de agosto de 2013
La memoria de la derecha a 40 años
miércoles, 31 de julio de 2013
Somos más parecidos a nuestro tiempo, que a nuestros padres.
Un complemento, Video realizado por la televisión Francesa de Chile en la Dictadura, Chile: Orden, trabajo y obediencia (1977)